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los que se quedaron

la vida entre las cenizas de las montañas palentinas y leonesas

en agosto de 2025, interminables incendios arrasaron españa, entre muchas otras religiones, el norte de palencia y león. estas montañas han marcado generaciones enteras y, para muchos, son el lugar donde todo empezó. cuando llegaron los incendios, los vecinos afrontaron el miedo y la soledad, cuidando lo suyo como siempre lo han hecho.

este proyecto nace de la necesidad de poner en valor sus historias, sus voces y sus paisajes. un retrato de quienes vivían antes y vivirán después, de los rincones que desaparecieron y de lo que lograron salvar. una mirada a quienes nunca se fueron, a quienes resistieron cuando el monte ardió y a quienes hoy siguen allí, reconstruyendo en silencio mientras el resto del mundo mira hacia otra parte. las fotografías acompañan sus testimonios y recorren los pueblos de portilla de la reina y valverde de la sierra, entrelazándose con la memoria de toda la comunidad afectada.

role // creative director, writer, photographer, graphic designer.
type // collaboration.
team // la perdiz roja, carmen abril, mario, toño, fer, vecinos de valverde de la sierra.
date // 2025.

Cuando todos se fueron a las ciudades, ellos se quedaron.
Cuando el monte ardió, ellos se quedaron.
Hoy, de nuevo, entre el silencio, el olvido y las cenizas: las voces de los que se quedaron, reconstruyen y mantienen vivas estas preciosas montañas del norte de España.

Viví los incendios que arrasaron España este pasado mes de agosto de 2025 con impotencia, con tristeza. Como muchos de los que leen esto ahora mismo. Los viví desde el sofá de mi casa, desde la ciudad. Como muchos de los que leen esto ahora mismo.

Aquí todo va muy rápido, las noticias también. En breves hablaremos de otra cosa. Probablemente cuando se publique este proyecto ya se hable de otra cosa. Mientras tanto, los vecinos que habitaban las zonas calcinadas, siguen y seguirán allí, rodeados de ceniza. Completamente rodeados.

Realmente tampoco hacemos mucho por frenar lo de que todo vaya tan rápido, es realmente difícil salir de la rueda del hámster. Seguimos como si nada, mientras nada nos afecte de lleno. No importa el resto, mañana hay que estar a las 8 en el trabajo. 

Hace unos años encontré por casa unas fotos de 2003 en Cardaño de Arriba, corazón de la Montaña Palentina. Por aquel entonces, pocas cosas más sabía hacer que andar. En la foto estaba colgado de un arnés asegurado por mi padre en una pared del valle de los Cardaños. 

Encontré fotos por la zona de 2004, de 2005, de 2006… a partir de 2007 ya tengo algún recuerdo, todos son allí. En las montañas Palentinas y Leonesas. En Las Lomas y sus Agujas, en las praderas del Embalse de Camporredondo, en Riaño, Pandetrave y Panderrueda, Valdeón… todas las etapas de mi vida están concentradas en esas montañas. Allí jugué, allí aprendí, allí me formé. Porque todos los que disfrutamos de las montañas sabemos que allí todo funciona distinto en la cabeza.

Esta vez se paraba en seco mi rueda del hámster. En cuestión de horas todo se arrasaba hacia Portilla, parecía que saltaba a Las Lomas, saltaba a Valdeón, bajaba a Valverde, se activaba Canalejas, saltaba a Mazobre, saltaba a Cardaño, llegaba a Boca, arrasaba Cansoles, los pinares de Guardo… lo que tristemente ya hemos visto todos.

Se paraba mi rueda del hámster y me recordé a mi mismo que yo sólo soy un turista, recurrente, pero un turista. Pensé en los vecinos, en los que están allí siempre. En los que cuidan las montañas cada día y tienen el privilegio -y la responsabilidad- de sentirlas de cerca. Porque las montañas no son “la España vaciada”, allí siguen viviendo personas, con sus historias y sus vidas. No están vacías.

Abandonar sus pueblos frente a un incendio es mucho más que “simplemente” dejar atrás una casa y recuerdos. Sólo ellos saben lo que significa su entorno. Lo peor, sólo ellos saben cómo protegerlo. Y nadie les escucha. Pasaron miedo, mucho miedo. Durante días y noches. Estuvieron solos, protegiendo lo suyo. Una vez más. 

Se fueron sumando voluntarios de todas partes. Con autorización y sin autorización, pero se sumaron. Finalmente llegaron algunos medios y entre todos, consiguieron contener el fuego. 29.000 hectáreas después, entre el Espigüete y Valdeón no queda nada. Absolutamente nada. Durante esos días pensé con impotencia mil formas de ayudar. Ir a desbrozar sin tener idea alguna, llevar comida a los que trabajaban, cobertura y luz… Una vez más, la rueda del hámster no me permitió ir.

Con los días, concluí que lo mejor es que cada uno aporte con lo mejor que sabe hacer. De ese pensamiento nace este proyecto con La Perdiz Roja. Un escrito y fotografías sobre ellos, los vecinos. Los que han sufrido los incendios. Los que vivían antes y vivirán después. Un reportaje que busca poner en valor sus vidas y su entorno, sus voces y sus miedos durante estas semanas, sus esperanzas en el futuro… un gran puzzle compuesto de rincones valiosos que se han perdido y cosas especiales que les marcaron durante esos días.

Las fotografías les retratan a ellos, a sus rincones favoritos, y a las cosas que, por lo menos, salvaron de sus casas. Los protagonistas son vecinos de Portilla de la Reina y Valverde de la Sierra, aunque sus voces se juntan con las de todos los afectados de la zona y la comunidad. 

En Portilla de la Reina nos reciben Mario (alcalde) y Toño (ganadero Cántabro trashumante). Ambos crecieron en estas montañas. Ambos las conocen mejor que cualquiera de los que leemos esto ahora mismo. Nos hablan de sus valles escondidos, de su fauna, de la vida en el pueblo, de los pastos. De todo lo que solía pasar antes del 14 de agosto. Ahora literalmente no queda nada más que las casas. 

Recorrimos sus alrededores, lo que un día también fue su casa, la de su ganado y el punto de encuentro para turistas recurrentes y no tan recurrentes. Subimos hasta el puerto, caminamos por sus pastos y chozas y a pesar de intentar hablar de la vida en las montañas antes de esto, es imposible hacerlo. A escasos 2 metros de las casas y con un perímetros de 360º, sólo hay ceniza, no queda absolutamente nada. Es inevitable hablar del incendio y de lo que viene ahora. 

Mario empieza a hablarnos sobre cómo veían ellos el fuego desde el primer día, según ellos, muy controlable. Era 14 de agosto y las primeras noches ni siquiera ardía, sólo ahumaba pero no había nadie para terminar de apagarlo. Cada mañana, el viento volvía, las temperaturas subían y todo se reavivaba.

Portilla es la segunda pedanía mas grande de España, solo ellos tienen 9.000 hectáreas de extensión y en cuestión de 48 horas, solo quedaron en pie 350. Las casas y 4 pastos al pie de los valles.

Donde empezó todo, en el Valle de Lechada, se quemaron sus 3.000 hectáreas en 24 horas. Ese día, cuando aún no había ardido todo, los ganaderos subieron a ver dónde estaba el ganado. Les pilló arriba y en cuestión de 6 horas el fuego se llevó el valle por delante y les rodeó.

Mario y Toño estaban en el pueblo y nos cuentan como un forestal  les pidió nombres y apellidos de los ganaderos que estaban arriba. Les dieron por muertos. 

Mientras tanto, en las zonas altas los ganaderos se metieron con su ganado en una laguna, hicieron un contrafuego a su alrededor y el incendio les rodeó por completo. Ellos “hervían” junto a su ganado en el interior del perímetro de fuego. Cuando todo dejó de arder, bajaron a los valles detrás del fuego y sobre las brasas. 

De 1.100 cabezas de ganado que hay en Portilla, sólo perdieron 6. Mario y Toño destacan que eso solo fue posible gracias a su conocimiento del monte. Ese concepto,  “conocimiento del monte”, cobrará fuerza a lo largo de este escrito.

Cayó la noche de ese 14 de agosto, el incendio perdió fuerza. Avanzaba lentamente pero también estaba claro que al día siguiente volvería y que lo siguiente sería el pueblo.

A la mañana siguiente todo siguió su curso: viento, calor y fuego. Ese día llegaron brigadas de Andalucía y Aragón. Aunque parece que nadie sabía por dónde ir, por dónde atacar y tampoco seguían los consejos de los vecinos. Los mismos que acababan de salvar 1.100 cabezas de ganado en el incendio más grande que se recuerda en la zona. Lo peor de todo es que no los seguían porque quien coordinaba a las brigadas ni siquiera estaba sobre el terreno.

En cualquiera de los casos, Mario destaca que los brigadistas dieron todo lo que tenían y su papel fue fundamental para salvar al pueblo y de nuevo, en cualquiera de los casos, nos dice que es imposible apagar un incendio que se lleva por delante las 9.000 hectáreas en 48 horas con unos pocos brigadistas, los vecinos y alguna pasada a cuentagotas de helicóptero. 

Avanzaba el día y todo se iba cumpliendo tal cual lo habían predecido los vecinos. Mario describe como, textualmente, avisaba a los bomberos de por dónde bajaría el fuego, les explicaba la topografía de las lomas y valles de la zona y por qué actuaría el fuego de determinada manera. Ellos no podían seguir sus consejos, de nuevo por limitaciones externas. 

A mediodía el fuego estaba ya a escasos metros del pueblo, justo por donde los vecinos habían dicho que entraría. Mario, ya desesperado, desobedeció todas las órdenes y, con el mechero que aparece en una de las fotografías, prendió la ladera que tenemos justo enfrente mientras hablamos sobre esto. Hizo el contrafuego perfecto y en ese momento y por ese frente, en 5 minutos salvó el pueblo.

Mientras sucedía todo esto, la Guardia Civil desalojó. Algunos se fueron y otros se quedaron. Entre ellos Mario y Toño. Se quedaron junto a varios vecinos, ganaderos de Liébana y 3 bomberos. Unas 30 personas. Ellos mismos reconocen que si en ese momento hubieran habido medios se habrían ido, pero la realidad es que el pueblo quedó abandonado a su suerte y por eso se quedaron.

Toño nos cuenta cómo esa tarde vio con sus propios ojos pasar a 5 helicópteros seguidos hacia el pinar de Llánaves. No saben el porqué de esa decisión, para ellos no tiene sentido. O bien para proteger el pinar, o bien para proteger Picos de Europa, o bien porque daban por perdido Portilla de la Reina. Lo cierto es que en ese momento, el pueblo seguía en pie con sus vecinos dentro, intentando salvarlo. 

Esa tarde y noche, el fuego fue saltando y rodeando por completo todo el pueblo. Impresiona ver cómo todo se frenó a menos de 2 metros de las casas. Realmente no frenó, lo frenaron entre todos los presentes la noche del 15 al 16 de agosto.

Mario dice entonces la clásica frase: “pueblo pequeño, infierno grande” y destaca que como en todos los pueblos, hay diferencias entre vecinos. 

Entre los que se quedaron, algunos incluso ni se hablaban antes de eso, seguramente por cosas absurdas en comparación a perderlo todo. Fueron valientes, se unieron y salvaron el pueblo. 

Amaneció el 17 de agosto y no quedaba literalmente nada. Ni los puentes, ni las casetas, ni los cierres, ni los árboles. El entorno se había desintegrado. Esa mañana Mario se acordó de su abuelo, que obviamente vivió en las montañas. Falleció en 2013 con más de 80 años. Todo lo resume en que si le dijera que se habían quemado las 9.000 hectáreas de Portilla y 29.000 en total en un mismo incendio, no se lo creería. Porque simplemente los montes no tenían nada que ver. Pastos frondosos, ganadería, quemas controladas, ni un sólo escobar… simplemente era imposible que pasara esto. 

Los dos coinciden (y probablemente lo hacen junto con la mayoría de los habitantes de la España rural) en que todo empezó a ir a peor desde el momento en el que la administración empezó a tomar decisiones sobre las montañas. Concretamente, cuando personas con largas carreras y estudios universitarios que no habían pisado nunca el monte de verdad, empezaron a tomar decisiones sobre sus terrenos desde oficinas con aire acondicionado en grandes ciudades e incluso desde fuera de España.

Nadie tiene ya en cuenta la opinión de los que consiguieron mantener esos montes llenos de fauna, flora y sin incendios de este calibre.

Mario nos habla de limitaciones, de prohibiciones constantes. Desde podar para leña hasta simplemente mantener pistas y cortafuegos ya existentes. Desde ahogar el mantenimiento de los montes hasta exprimir y de nuevo ahogar a los ganaderos de todo el país y hacerlos dependiente de subvenciones. Lo que todos en el fondo sabemos y no escuchamos por estar en esa rueda del hámster de la que antes hablábamos.

Mario señala con amargura que ya no hay aves que estudiar ni leña que prohibir recoger. Ahora ya no queda nada que seguir protegiendo de manera estricta.

El turismo está acabado, ya no hay berreas, la ferrata está cerrada y las rutas son entre cenizas. La ganadería no tendrá pasto suficiente durante al menos 2 años. De la caza ni hablamos. Esos eran los 3 pilares de la economía de la zona. Y ya no existen.

Milagro o tragedia. 
Tragedia por todo lo perdido, milagro porque todas las casas siguen en pie. Mientras yo escribo esto y tú lo lees, ellos siguen allí. Probablemente el olor a quemado siga siendo muy fuerte. Probablemente ya haya llovido y los ríos, lo único que aún no estaba negro, lo estén también. Probablemente tampoco quedarán las igualmente protegidísimas truchas.

Lo único que queda en Portilla son ellos: los vecinos. Los mismos que un día cuidaban mejor que nadie de sus alrededores, los mismos que levantaron todo lo que es Portilla de la Reina a día de hoy, los mismos que lo levantarán de nuevo y los mismos a los que deberíamos escuchar más cuando alzan la voz.

Dejamos Portilla de la Reina y bajamos a Valverde de la Sierra, León.

Al llegar al pueblo, impresiona como siempre el Espigüete. Esta vez la vista es distinta. Sus laderas están negras. En su plaza nos reciben varios vecinos. Algo más tranquilos que hace unas semanas pero intentando camuflar en su interior la impotencia y tristeza por lo vivido. Los vecinos de Valverde no se vieron 100% rodeados por las llamas, aunque estuvieron cerca de vivir lo mismo que en Portilla. El fuego se detuvo a unos 500 metros de sus casas. Su lucha, lo que vivieron durante esos días y lo que viene por delante representa y habla por muchos otros pueblos.

Fer me sube en su 4×4 para enseñarme los alrededores de Valverde en detalle. Más de una hora atravesando un entorno que, aún lleno de cenizas, sigue siendo impresionante. Me enseña su punto de control, donde las laderas del Espigüete empiezan a coger pendiente. Allí subían cada día para ver como avanzaba todo. Desde allí, con sus prismáticos Fer empieza a ver los primeros venados sobre las cenizas y comentamos lo curioso que es cuánto les gustan los primeros brotes en lo quemado. Desde allí arriba se ve absolutamente todo. Vemos las tierras donde se sembraba en los 70, vemos hasta donde llegó el fuego y vemos lo cerca que se quedó de entrar en los pinares y arrasar todo hasta Velilla del río Carrión. 

Entre muchas otras cosas, Fer me habla de las pistas forestales que hay a lo lejos, construidas hace décadas. Lucen abandonadas, intransitables y llenas de vegetación. Desde luego no es por decisión de los vecinos, ellos llevan años insistiendo en su mantenimiento. No en que las arreglen sino en que simplemente se lo dejen hacer a ellos. De nuevo contra el muro de la administración. Obviando los beneficios durante todo el año, esas pistas en buen estado habrían supuesto una grandísima diferencia estos días en los que la UME no tenía manera de acceder a ninguna parte por tierra y tuvieron que abrir el suelo por la fuerza con las Bulldozer a última hora.

Es curioso ver también cómo lo único que se ha salvado en la zona del incendio han sido las casetas, de nuevo gracias a la mano de los vecinos de Valverde que desbrozaron los instantes previos a la llegada del fuego. Algo que por cierto, tenían prohibido y les habrían multado por hacer en cualquier otro momento.

Los vecinos y vecinas de Valverde no paraban de insistirme en que en este artículo diera mucho valor a la ayuda humana que recibieron. Voluntarios llegados de todas partes de España con y sin autorización. Ayudaron con las mangueras, a desbrozar, a dar comida o a simplemente dar ánimos. Porque hicieron falta muchos.

El pueblo y lo que queda de sus alrededores lo salvaron ellos, los medios que llegaron a última hora cuando todo se puso difícil, y, curiosamente, también unas ovejas en las que me gustaría centrarme. 1.600 merinas a cargo de José Manuel, ganadero extremeño, sus perros y un pastor alemán que nada tiene que ver con los perros. Un pastor nacido en Alemania llamado Maxi.

Todos aportaron lo suyo. Los voluntarios, los vecinos, los medios y las ovejas. Quiero centrarme en estas últimas por el simbolismo de lo que representa que ellas hayan colaborado en salvar lo que queda. Es más sencillo de lo que parece: cuando el fuego amenazaba con bajar hasta el pueblo y los pastos de la zona baja, subieron a las ovejas a los puertos de la zona alta donde se encontraba el incendio. Pastaron, recortaron y el fuego se detuvo por ese flanco. Exactamente de la misma forma en la que, en la época en la que el abuelo de Mario vivía, se mantenían los montes. No hacía falta salvarlos con bulldozer y helicópteros venidos de fuera del país. 

Una vez más, los vecinos de Valverde sabían perfectamente que este verano sería un polvorín tras la primavera lluviosa que tuvimos. Sabían las posibilidades que había y sabían lo que llevaban reclamando años. Una vez más lo sabían todos menos, al parecer, quien debería saberlo.

Como escribí en un inicio, este proyecto busca poner en valor todo lo perdido, pero también a las personas que habitan en esas tierras ahora de color negro. Las imágenes de este artículo forman un gran puzzle de lo que algún día fue relevante para los vecinos de estas montañas de la España rural, que no vaciada. Porque a priori las montañas “no son de nadie” pero, en el fondo, son de todos los que las sienten, respetan y habitan. Miradores, chozas, praderas… Elementos importantes con los que salvaron lo que pudieron de sus vidas. También sus caras. Porque, mientras sigan habiendo historias, la zona no estará vaciada por mucho que algunos quieran.

Como resumen de la problemática me quedo con la señal que indica “Parque Nacional” completamente derretida. Una imagen tristemente irónica de lo que significa la protección de nuestras montañas a día de hoy. Una simple señal que parece amenazar para que no pases, que parece avisarte de que detrás de ella hay cosas protegidas. Lo cierto es que quien mandó ponerla probablemente no haya estado siquiera allí, ni mucho menos se haya dignado a escuchar a los que mantenían esos montes intactos y preciosos antes de clavarlas por todas partes. Una señal que representa esa burocracia que “protege” nuestras montañas. El resultado ya podemos ir a verlo todos con nuestro propios ojos.

Volviendo a los vecinos, después de esto, parece que alguna persona más empieza a interesarse por sus voces (ni mucho menos quien debería). Debe sentirse realmente agónico saber que tenías razón de esta manera y nadie te escuchaba.

A muchos de los que vivimos en las ciudades, de nuevo en las ruedas del hámster. En nuestros telediarios, en nuestros trabajos, en nuestros mundos de tanta polarización… nos sorprendería descubrir las voces de estos vecinos y vecinas y ver a tanta gente tan diferente y de distintas edades tan unida con algo. Nos resultaría incluso extraño ver a tanta gente con las cosas claras y coincidiendo.

En el fondo es sencillo, allí algunas cosas suceden de manera distinta. No viven aislados y ajenos a todo pero si algo más alejados del ruido. No del ruido sonoro. Sino de la opinión constante, de la polarización, del consumismo, de la división, del y yo más, del y tú menos, del conflicto exterior, del interior, del pierdo el tren, del problema en el trabajo, de lo que dice el uno, lo que dice el otro, de la pérdida de identidad, del no saber lo que quiero, del no saber quién soy.

En los pueblos y en especial en las montañas, como dijo Mario: pueblo pequeño, infierno grande. Todos tenemos nuestras cosas, pero aún así, algo funciona distinto allí: calma y presencia. Tiempo para observar, tiempo para apreciar, tiempo para escuchar. Hacia afuera y hacia adentro. Tiempo para entender quiénes somos, lo que nos rodea y nuestras raíces.

Cuando dejas de girar en el “yo” de la rueda del hámster, aparece el humano.
Cuando aparece el humano, aparece el sentido común.
Cuando aparece el sentido común, todo suele encajar.

Sirva este artículo, más allá de los incendios y nuestras montañas, de reflexión. De hacia dónde vamos o hacia dónde quieren que vayamos. De dónde estamos y dónde nos gustaría estar. De quiénes somos, como humanos y como sociedad.

Una pena que, donde estamos, la voz de nuestros vecinos de las montañas y su forma de vivir apenas importe por simple cantidad. Es responsabilidad de los que vivimos fuera de ellas, volver a ponerla en valor.

Seguir visitándolos, seguir apreciando lo que ha quedado, seguir apreciando cómo lo construyeron y cómo lo volverán a construir. Seguir escuchando sus historias, seguir escuchando sus consejos, seguir aprendiendo de ellos.